El rey de Urkupiña

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Nota publicada el 13/09/2015 en Revista Crisis. Foto: Diego Paruelo.

Existe un nuevo tipo de empresario, más bien una especie de mutante que gobierna en la frontera de dos mundos. Fundador de la primera feria que se instaló en La Salada, promueve un modelo de negocio que –según afirma– ya es un producto de exportación. Su función es poner orden en un territorio esencialmente caótico, donde el metro cuadrado vale oro. “La política, dice, no entiende lo que pasa acá abajo”.

¿Cómo se ordena un mundo que habita en el borde? ¿Qué tipo de pacto funciona para que las reglas comprendan a los que viven en la precariedad? ¿Qué termómetro marca hasta dónde conviene negociar en cada caso? ¿Cuándo se accede al respeto sin necesidad de ir al choque ante cada equilibrio que se altera? ¿Cuándo la supremacía se vuelve tácita y es capaz de regular los conflictos? ¿Cómo se gobierna en la frontera entre lo legal y lo ilegal? Enrique “Quique” Antequera podría dictar un seminario sobre el poder en esos territorios minados en los que todos los intereses amenazan con chocar. Hace veinte años fue uno de los fundadores de la feria Urkupiña, la más antigua de ese inabarcable shopping plebeyo que se levanta en Lomas de Zamora, a 10 cuadras de Puente La Noria y la General Paz. Su liderazgo sobrevivió a intendentes, gobernadores y presidentes. Urkupiña, Punta Mogote y Ocean son, desde siempre, las tres ferias bajo tinglado que coexisten en La Salada. Y afuera, sobre la ribera del Riachuelo, se expande ahora un cordón todavía más precario sustentado en acuerdos frágiles. Ahí, según dice Antequera, impera la ley de la calle, la del más fuerte: nadie paga impuestos y la guerra por el metro cuadrado es abierta. Eso, se queja, es competencia desleal. Ahí, la cantidad de puestos se estima en 3 mil. Siempre hay un escalón más abajo en la pirámide social.
Antequera tiene 44 años. Fue expulsado del sistema y se reinventó, desde los márgenes, para propagar los pilares de ese mismo sistema. El cuentapropismo, la competencia, la ganancia, la supervivencia, la alquimia que permite a los que están en el fondo servirse de las herramientas ajenas para colgarse del tren que partió sin ellos.

Hace un cuarto de siglo, empezó vendiendo lencería en el piso en Puente 12 –mitad importado, mitad contrabando– y hoy está parado sobre un yacimiento textil que abastece a comerciantes de todo el país.

Hace un cuarto de siglo, empezó vendiendo lencería en el piso en Puente 12 –mitad importado, mitad contrabando– y hoy está parado sobre un yacimiento textil que abastece a comerciantes de todo el país, despierta la furia de la Cámara Argentina de Comercio y pone en una encrucijada al Estado, que oscila entre la persecución y el blanqueo. Quique, como le dicen todos, administra un predio valuado en un millón de dólares, donde cada puesto de 2 por 2 se cotiza a 8 mil dólares.
Es una especie de mutante que se mueve en la cornisa de dos mundos. Empresario, político, vigilante, filántropo, mediador, nexo entre funcionarios y feriantes, lobbysta de lo precario, embajador de lo andino y lo trucho ante todo lo que sea blanco. Un boxeador que nunca se sobresalta y afirma, sin pestañear, que lo nacional está en ese predio donde se agolpan un 70 por ciento de bolivianos, un 20 por ciento de peruanos y un 10 por ciento de argentinos. “Los nuestros son vagos. Se acostumbraron a los planes sociales”, dice. Lo nacional y popular habita en ese nuevo mestizaje. La política no lo entiende, explica Antequera, porque se ubica a años luz de esa base. “Por eso, sucedió lo del Parque Indoamericano”, alecciona.

Su fama de pesado se remonta a combates de los que aún quedan rastros. En 2000 estuvo preso durante un año y medio en la cárcel de Ezeiza, acusado de asociación ilícita para el contrabando y violación de la Ley de Marcas, algo que aún se considera delito federal. Junto a él cayó todo el directorio de Urkupiña, incluido René Gonzalo Rojas Paz, un miembro de la comunidad boliviana que había llegado al país en 1985 vendiendo ropa. Días después, Rojas Paz apareció colgado en su celda. “Se habló de suicidio, pero yo creo que lo mataron”, dice Antequera. Afuera, mientras tanto, la feria seguía creciendo. Él salió en libertad a fines de 2002 y se convirtió en un pastor que predica, antes que nada, a favor de la sana competencia y del negocio que a todos favorece. No se guía por la línea porosa que separa lo legal de lo ilegal. Sostiene que las fuentes de trabajo que genera La Salada arrancan del delito y del clientelismo a la legión de postergados –10 mil puesteros fabricantes sólo en las ferias internadas– que se reproduce en ese submundo. “Nosotros sabemos todo lo que pasa abajo”, dice. Por eso, Antequera afirma que gobierna un pequeño país. “Yo sería como el presidente de este pequeño país. Entonces me manejo aquí adentro y en la calle también”.

El Estado, ¿tiene capacidad de ejercer su gobierno acá?

Tiene la capacidad de regular, nunca le cerramos la puerta a nadie. Pero no lo hace.

El dueño de Urkupiña asegura que La Salada exportó un modelo de trabajo por toda Sudamérica. “Estados Unidos y la Unión Europea se preocuparon. Pero la pregunta es: ¿cómo podemos inventar algo para que la gente que está sin trabajo pueda crear su propia empresa y fomentar el trabajo? Desde allá por un lado criticaron, pero por el otro buscaron copiar el modelo también. Porque si hay falsificación acá, en Europa y en Estados Unidos también hay. El tema es cómo implementás el paso de lo ilegal a lo legal. La Unión Europea criticó, pero también quería absorber el proyecto”, dice Antequera sobre lo que suele definirse como la economía informal más grande de América Latina.

Un dirigente social como él, que transcurre en el abajo, exhibe una cintura que le permite ubicarse por encima de los conflictos. Ejerce un liderazgo que se nutre de sentidos alerta, de miradas en pívot, de movimientos certeros, de instintos de supervivencia, de saberes para el combate. Administra un universo conformado por capas de relieve irregular: socios, inquilinos, feriantes, puesteros, manteros, carreros, ayudantes, vendedores, changarines, vecinos, frentistas, micreros, mayoristas. Hasta los policías de la Provincia se convierten en feriantes para hacer una diferencia. Cada uno con su necesidad y su ambición, cada uno detrás de la utopía de la prosperidad. Cada uno en busca de obtener la ventaja que le permita vivir mejor. Sólo la jefatura de Urkupiña los ordena. En ese predio de seis hectáreas, donde se vende bajo tinglado, no existe el asambleísmo ni los sindicatos: “sería peligroso, nadie defiende al empresario”, dice. Lo que rige es la competencia. Se nota cuando a las 12 de la noche Antequera hace una seña y se abren los portones que permiten el ingreso de los carreros, un ejército de cuentapropistas que corre para armar su puesto en el menor tiempo y empezar a ofertar su mercadería primero. En ese momento, el vértigo confunde y es como si la Bolsa de Comercio se volviera boliviana y productiva. Las acciones suben en segundos.

Gobernar es mandar

“El respeto de la gente te lo da el tiempo y el trabajo social, el trabajo político interno. Pero te tenés que imponer, no es fácil. No es sólo tomar un poquito de cerveza con los pibes, tenés que imponer la autoridad también, si no te pasan por arriba todos. Tiene que haber una cultura del respeto. Vos viste que yo hablo con todos, tanto con el feriante, el carrero, el chofer del micro. Todo igual. Pero nosotros hemos tenido muchos combates acá para que nos respetaran, no es fácil. Al que te habla bien se le habla bien y al que habla mal, le hablamos mal también. Es un tema político y un tema de fuerza. Yo lo manejo diplomáticamente, no ando a los golpes. Yo no jodo a nadie, vos no te metas en mi casa, si yo no me meto en la tuya. Para qué vamo’ a terminar combatiendo”. Manual de conducción política en el conurbano profundo by Quique Antequera. Ese expertise debe ponerse a prueba más seguido de lo que se supone. Lo cuenta a propósito de esa noche en la que llegaron a la Feria y se toparon con un grupo de puesteros de la calle que pretendía ocupar la entrada de Urkupiña para seguir ampliando su campo de influencia. El detalle era que los posibles compradores de Urkupiña no tenían por dónde entrar. “Les ofrecimos los predios para que armen otro día y no quisieron. Se terminaron yendo. Si es para el mejoramiento de todos, vos tenés que imponerte. Si es en beneficio de la mayoría, no podés quedarte en el camino por un grupo chico. Al Estado municipal o nacional le pasa lo mismo. No tiene que haber gris.”

Pero ustedes no son el Estado…

No, pero hacemos el trabajo del Estado.

Él en persona recibe quejas, pedidos, soporta llantos, intercambia chistes y lanza chicanas al paso. Es un salvoconducto al que todos quieren acceder. Se acercan a decirle que, después, cuando los extraños ya no estemos, le hablarán de ese temita que él ya sabe. Su respuesta es siempre la misma: “Yo después paso”. Afuera, también incide. Ayuda a las cooperadoras de los colegios, dona indumentaria, aporta para que los pibes viajen a excursiones, abre comedores, solventa clubes de barrio y hasta se encarga de poner la luz y tapar los baches de calles como Virgilio, clave para el ingreso a La Salada. “Cosas que el Estado provincial o municipal no hacen”, como le gusta decir.

Antequera afirma que a la política le cuesta entender de qué se trata este mundo que él gobierna y, mucho más, descifrar cuál es la forma de relacionarse con él. Dice que se lleva bien con el Intendente actual, pero recuerda que en otros momentos hubo tensiones con el Municipio. “Peleas por los horarios, por la competencia desleal. Venían y te apretaban. El Municipio no entendía y te tiraba todo, hacía un desastre. De a poco fueron entendiendo cómo se trabaja, que no es que uno está al margen de nada sino que es un problema de cultura”. Y sin embargo, él siempre actuó en política. Acompañó durante años a Osvaldo Mercuri y a Eduardo Duhalde y, en el último año, saltó a las filas de Margarita Stolbizer y Ricardito Alfonsín. Quiere ser candidato a senador provincial en octubre, pero dice que jamás abandonará lo social. “La feria es lo laboral, es lo mío, yo trabajo de esto no vivo de la política. Soy un administrador, el formador de todo esto”.

Seguridad salada

Llegar a las inmediaciones de La Salada, de noche, impacta a quien no conoce. En la colectora de avenida General Paz a la altura de Puente La Noria, hay cuatro motos y dos camionetas 4×4. De una de ellas, se baja Antequera enfundado en una campera estilo Poncharelo. ¿Está solo? No, las motos y las 4×4 forman parte de la seguridad privada de Urkupiña. La agencia de seguridad se llama “Unidad de control y gestión operativa”. Adentro del predio, se verá su bandera flamear junto a las de Bolivia y Argentina, como si se tratara de un territorio liberado por tres fuerzas equiparables. Son ochenta personas que custodian la llegada de los micros de todo el país que arriban cargados de mayoristas. Sin embargo, no hay disputa por la soberanía de las calles con la Bonaerense. “La fuerza de seguridad arrancó en el 95 porque la habilitación municipal exigía eso, dentro del predio. En la calle estamos nosotros, pero también tenés personal policial de la comisaría local y otras fuerzas que vienen a hacer adicionales, lo que nosotros llamamos la policía II. Nosotros aportamos también para los adicionales”. La policía salada funciona como fuerza ad hoc, que se ocupa de lo que desborda al Estado.

Las motos y las 4×4 forman parte de la seguridad privada de Urkupiña. La agencia de seguridad se llama “Unidad de control y gestión operativa”. Adentro del predio, se verá su bandera flamear junto a las de Bolivia y Argentina, como si se tratara de un territorio liberado por tres fuerzas equiparables.

En La Salada se reproducen las bases de una sociedad paralela que reacciona según a los movimientos del poder político. Por las buenas, acepta arrimarse a los umbrales de lo legal; por las malas, tiende a sublevarse.

Antequera calcula que unas cien mil personas pasan por la feria cada vez que abre sus puertas y gastan por lo menos dos millones de pesos en ventas en doce horas. Estima que alrededor de 40 mil familias viven, directa e indirectamente, de lo que genera La Salada. “Tenés que incluir al importador que vende las telas, al que vende los broches, al que vende los cierres, al que vende las máquinas…”. Sólo Urkupiña le da trabajo a 4 mil familias. “Tenemos 1300 puesteros y pagamos impuestos por todos. A su vez, cada uno abona 800 pesos por mes de expensas a Urkupiña S.A”, relata.

La calle es mía

Antequera cuenta que poco antes de las fiestas, hubo una batalla sobre la calle Tilcara y los carreros salieron a pelear. “Estaban a los tiros, a los gomerazos, vinieron Gendarmería, Infantería. Terminó Quique arreglando todo ese quilombo, para que no se mataran”, dice Quique, que intervino sólo cuando percibió que el descontrol complicaba el negocio. Habló con Jorge Castillo, el dueño de Punta Mogote, y lo convenció con un argumento que es ley: “Jorge, paremos este quilombo. Mentile aunque sea, porque después la gente lo mira por televisión y se asusta. Perdemos todos”. Ahí, el dueño de Punta Mogote, su aliado y rival histórico, entendió que lo mejor era lograr que se aplacaran los ánimos de guerra. El origen del conflicto estaba en una decisión del propio Castillo, que no pasa por un momento de gran legitimidad. La nieta del fundador de la feria que hoy él administra le reclama una parte y los puesteros se le sublevan. “Hizo puestos con baulera y perjudicó al carrero que vive de eso. Entonces, el carrero dijo: ‘voy a ocupar la calle’. Es que Castillo juega en dos canchas a la vez. Tiene su feria bajo tinglado y subalquila, al mismo tiempo, parte de la calle.

A las 10 de la mañana de un domingo, avanzar por la ribera no es sencillo. Micros, gente, autos, gente, puestos móviles, gente. Quique se queja como si él fuera el sabueso Santiago Montoya o Carlos de la Vega, el presidente de la Cámara Argentina de Comercio. “La calle es la ley del más fuerte, es todo joda. El Estado está ausente. Ordenamiento cero”. Desde que La Salada se convirtió en un complejo que le da trabajo a miles de personas, se multiplican los que quieren un pedacito de tierra en el imperio de lo alternativo. Uno de sus socios lo explica: “Es un tema inmobiliario, de poder y es plata. Te tomás diez metros de la calle y ponés un puesto. Se transformó como la fiebre del oro en San Francisco. Todo el mundo quiere el pedazo del otro. Tenés la oportunidad de poner un puestito y ganar 10 mil pesos por mes. Ahora ya no hay más espacio. Hemos puesto coto. De acá no pasas porque te cago a tiros o te mando la Policía”.

Negro y blanco

Desde la sociología popular, abundan las razones del éxito de La Salada: “La televisión te vende productos: ‘Compre Reebok, compre Adidas’ y los pibes nuestros quieren comprar lo mejor. ¿Y cómo hacés para comprar unas zapatillas de 700 u 800 pesos? Aquí, te salen 100, 150 o 200 pesos. Son productos alternativos, por ahí son de menor calidad, pero es como pasa con los repuestos de autos, que hay el original y el alternativo. Es lo mismo”. Antequera no acepta que La Salada ponga en cuestión la capacidad de regulación del Estado. “Estamos facturando sobre el 100 por ciento de los ingresos de la sociedad. Le exigimos al puestero que esté inscripto y al día. Somos agentes de percepción y de retención, cobramos un porcentaje al feriante, lo depositamos en Rentas y en el Municipio. Después los puesteros son empresas individuales, si pagan o no es un problema del Estado, de cómo les cobra el Municipio, la provincia”.

Este mediodía sofocante de enero, sentados en la sala de la Intendencia que funciona como bunker de la administración, Antequera y sus socios arrojan una catarata de números que avalan su tesis principal: “venimos hace años trabajando en la legalidad”. Abonan 8 millones de pesos anuales de impuestos y 251 mil de tasa de seguridad e higiene –“¡más que Carrefour!” –. Por mes, 110 mil pesos de IVA, 13 mil de agua, 7 mil de contenedores de basura. La esfera de la producción es la más oscura. “Las grandes marcas utilizan los talleres clandestinos. Hay una gran hipocresía en las denuncias que hace la cámara empresarial. Cada vez tenés menos empresas en el país, se están yendo. Ellos no pelean con el Estado para que sean subsidiados o les bajen los impuestos y se queden en el país. Se compra todo desde afuera y aquí se produce poco. ¡Nacional es esto! ¡Nacional es La Salada! Después, la mayoría es importado”.

Antequera pretende mudar a Lomas de Zamora los 7 mil talleres clandestinos que, calcula, existen en la ciudad de Buenos Aires y el Conurbano. Así, se consolidaría su proyecto de un gran complejo comercial. “Son pequeñas pymes, que comienzan como emprendimientos familiares. Por eso, se está hablando con diputados y senadores de la Provincia para poder reglamentarlos. Salir de ese espacio que muestran los medios, de trabajo ilegal, producción en negro, cama caliente. En la mayoría de los casos, el paisano sabe donde va a trabajar. No es trabajo esclavo. Por ahí no duermen en las condiciones que deberían dormir, no comen muy bien, porque hay un control municipal y provincial que no se hace”.

La Salada vendría a ser la confirmación de que el Estado ya no volverá a regular todo lo que pretende. Apenas, con gran esfuerzo y abnegación, regulará una pequeña porción de los submundos que hace tiempo lo desbordaron para siempre. Quique lo explica: “¿Por qué no habilitamos los talleres? Hagamos las leyes como corresponden, para tener control y fuentes de trabajo. Si vos no le buscás una vuelta…Nosotros ya estamos legalizados en un 60 %. Nadie quiere facturar, no es sólo el productor. No creo que pueda aspirarse a un blanqueo del 100 % pero si a un 70 o un 80 %. Parece que es más fácil cobrarles la coima que habilitarlos”.

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