Fuera de Tiempo con Alberto Binder

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Alberto Binder, presidente del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales, experto en seguridad y autor de numerosas publicaciones, conversó con Diego Genoud sobre las protestas de la bonaerense, el autogobierno policial, la política de Berni en PBA y el plan de seguridad que anunció el gobierno.

También estuvo en Fuera de Tiempo Fernando Chino Navarro, dirigente del Movimiento Evita y secretario de Relaciones Parlamentarias de la Jefatura de Gabinete de Ministros. Conversó sobre la crisis con la bonaerense, la toma de tierras en la provincia y las diferencias en el Frente de Todos.

“Todo lo que mostró en política el levantamiento de La Bonaerense”. Editorial del 12/09/2020 en FM Milenium.

La debilidad es el grado cero en la Argentina. Casi un estado natural y a veces parece que nadie conduce nada. Esta semana lo vimos con bastante claridad: pauperizada, malformada, denunciada, cuestionada y afectada por la caída de la recaudación —la recaudación legal y la recaudación ilegal—, la policía bonaerense se convirtió en la protagonista excluyente de la política. Se adueñó de la calle, de las cámaras de televisión y arrinconó a la política: cruzó todos los límites y consiguió lo que quería. Sirenas, patrulleros y un reclamo salarial inédito con forma de sublevación, de extorsión, de apriete. 

Sucedió algo que los intendentes del Conurbano con los que uno habla no recuerdan haber visto desde el regreso de la democracia. Incluso consultando a los más viejos, nadie recuerda que efectivos de la policía bonaerense hayan prácticamente cercado al gobernador como sucedió en la madrugada del martes. Después, los patrulleros y las sirenas sobre la residencia de Olivos, donde estaba el Presidente, policías armados reclamando respuestas.

Podemos decir a esta altura que si lo que hubo fue sedición, entonces ganaron los sediciosos. Si lo que hubo fue un reclamo legítimo, se trató de un reclamo largamente desoído. Claramente hubo algo incongruente entre esa policía que por un lado desafía al poder político y se mueve casi al margen de la legalidad y, por el otro, consigue en tiempo récord lo que quiere: un aumento como el que consiguió la bonaerense en estos tiempos de ajuste en la Argentina de los Fernández.

Un protagonista involuntario que aparece en esa escena de la madrugada en La Plata es Kicillof. Asfixiado, arrinconado, demasiado solo, rodeado apenas de un grupo de funcionarios de su mesa chica. Ese grupo que lo acompaña desde que eran un centro de estudiantes en la Universidad de Buenos Aires. También con el apoyo de Cristina Fernández, la dirigente política más importante del país para muchos. Pero es un apoyo que no alcanza para traducirse en mayor respaldo político. 

De los 134 intendentes de la provincia de Buenos Aires, solamente 56 se habían expresado antes de que los sublevados fueran a la residencia de Olivos. Nadie más había hecho pública una declaración de repudio como la que sí vimos generalizada después. Al gobernador le faltaron aliados en esas primeras horas cruciales. Aliados que le faltan desde que asumió como gobernador. Los intendentes que no estuvieron para acompañar a Kicillof eran los primeros en criticarlo “a grabador apagado” —como decimos los periodistas— por no haber previsto ese reclamo de aumento salarial y por haber hecho un anuncio de un plan de seguridad donde no estaba contemplado el aumento de sueldos para la Bonaerense. Tampoco lo acompaña del todo La Cámpora, que es la organización que más fuerte jugó con Kicillof en la campaña, ni Sergio Massa, que hizo más por María Eugenia Vidal que lo que lo hace hoy por Kicillof.

La crisis que vivimos esta semana es una alarma que Kicillof no puede desoír. Si bien ahora parece haberse desactivado el conflicto con el anuncio del gobernador de un aumento que busca resolver una deuda histórica con la Bonaerense, para corregir ese contraste tan fuerte con la Metropolitana. 

Cuando hizo el anuncio, Kicillof hizo hincapié también en la formación. Ahora se puede pensar, o alguien se puede entusiasmar, con que venga una reforma de la Bonaerense junto con una mejora de los ingresos y con mayores fondos para los uniformados. Sin embargo, lo que mostró la crisis fue la falta de conducción política de 90 mil hombres armados: una fuerza ingobernable que se burló de la sobreactuación inútil de Sergio Berni en la televisión y en operativos.

Dicen en Casa Rosada que el ministro del Interior, Wado de Pedro, le avisó el viernes pasado tanto a Kicillof como a Berni que se estaban organizando estas protestas. Además, Florencia Arietto lo dijo en televisión en TN el domingo a la noche. Se sabía que había un malestar. Tampoco en la Bonaerense los jefes tienen poder porque apareció Fernández tratando de negociar, enviando a su vocero y al Secretario General de la presidencia, y descubrieron que los sublevados no tenían jefes. Estaban ahí sin responder a nadie. 

El gobernador necesita salir de ese encierro donde el problema principal no es la falta de fondos. Un informe de la consultora AERARIUM repasa cómo Kicillof es un gobernador privilegiado por los Fernández: desde que asumió el 10 de diciembre se quedó con casi uno de cada dos pesos que se repartieron entre todos los gobernadores. Los fondos que recibió la provincia de Buenos Aires aumentaron entre enero y agosto un 628%. De 14 mil millones en los primeros ocho meses de 2019 a 103 mil millones de pesos en el mismo período de 202.  La provincia de Buenos Aires pasó de recibir el 19% del total de los fondos discrecionales del Estado a recibir el 48% de un año al otro.

Por eso, la crisis no se explica por la falta de fondos. Y ahora se abre la puerta a una avalancha de conflictos y aparece esta pregunta hacia delante: ¿qué autoridad va a tener esta policía para reprimir a los que reclaman por aumento salarial después de haber hecho lo que hizo? 

Los resultados de Kicillof en una provincia donde los conflictos se profundizan día a día son fundamentales también para las chances del Frente de Todos en las elecciones del año que viene. Si a esos problemas estructurales se le responde con un gabinete encerrado, sin aliados políticos, el resultado es una debilidad mayúscula en un mar de tiburones como el que muchas veces parece ser la política. Nadie discute la vida intelectual y la honestidad personal de Kicillof. Ni siquiera sus detractores. Pero eso no alcanza para garantizar la gobernabilidad. Por eso, son sus defensores en el oficialismo los que creen que si no empieza ahora un nuevo gobierno, Kicillof está hipotecando su futuro.

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