Fuera de Tiempo con Gabriel Katopodis

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Gabriel Katopodis, ex intendente del Partido de San Martín y actual Ministro de Obras Públicas, conversó con Diego Genoud sobre las dificultades que presentó el Covid-19 al nuevo gobierno, la industria de la construcción, la reactivación de la obra pública y la gestión después de la cuarentena.

También participó de Fuera de Tiempo Daniel Marx, director ejecutivo de Quantum Finanzas, ex secretario de Finanzas y ex jefe negociador de la deuda.

“Nunca salves una estructura sin discutirla”. Editorial del 6/06/2020 en FM Milenium

Se extiende un poco más la cuarentena  y la discusión en la Capital Federal y el Conurbano bonaerense. En el resto del país ya casi están volviendo a lo que acostumbrábamos a llamar normalidad. Pero en el AMBA todavía hay muchos sectores que están paralizados, reclamando ayuda, y otros que están presionando para terminar cuanto antes con una cuarentena que va a cumplir un trimestre completo de encierro. 

Persisten, además, los problemas de fondo. En el día a día, contamos los casos, las víctimas fatales, vemos la curva, las camas disponibles y así transcurren uno tras otro, mientras hay problemas que se acentúan, que ya existían antes de la pandemia. Lo más difícil es encontrar la salida. La está buscando Alberto Fernández pero, como me decía alguien que trabaja muy cerca del presidente,  “nadie tiene claro cuál es esa salida”. 

Se reunieron esta semana el gabinete en el CCK intentando adivinar el horizonte, pensar lo que va a venir cuando termine el encierro. Pero esta salida exige, en un momento de crisis inédita, soluciones también inéditas que por ahora no aparecen. 

Todo indica que 2020 va a ser el primer año de caída de PBI mundial. Desde hace más de 70 años que no sucedía esto. Se ve en Estados Unidos, una verdadera olla a presión, la brutalidad policial, las protestas después de muchos años, el toque de queda, el desempleo, los muertos. Argentina comparado con situaciones como esa y como lo que pasa del otro lado de la frontera, en Brasil, no vivió nada de lo malo que traía la pandemia.

Sí es muy fuerte la parálisis en una economía que ya venía de 10 años de bajo crecimiento y recesión constante. Vemos la depresión, el aumento del desempleo, la precariedad laboral, la pobreza y, sobre todo, más desigualdad.  Eso es lo que va a dejar el COVID-19 en todo el planeta pero se va a sentir más en los países que ya tenían un grado alarmante de desigualdad.

Esto lo reflejan algunos datos de los últimos días como, por ejemplo, la caída en la construcción. Según el INDEC, fue de 75,6% la caída en la construcción de abril con respecto a un 2019 que con Macri ya había sido malo. También los datos del Ministerio de Trabajo, del Informe de la Situación y Evolución del Trabajo Registrado (SIPA), que suele ser tomada como la estadística más fiable. El SIPA dice que en abril más de 12.000 empresas no hicieron los aportes de 1.300.000 trabajadores. Además, asegura que se perdieron en el mismo mes 91.200 puestos de trabajo. Es una cifra altísima si se la compara con datos de esa misma base del Ministerio de Trabajo, que dice que en el último año se perdieron 254.000 puestos de trabajo. Es decir, que sólo en un mes se perdieron más de un tercio del total. Esto muestra la magnitud de la caída brutal de abril, cuando el aislamiento fue más duro y más extremo en todo el país.

La cancha está inclinada. Cuando uno mira esos datos aislados intenta trazar un cuadro de lo que está pasando y lo que uno ve es que mientras las empresas reclaman más ayuda para pagar los sueldos, mientras algunos ya ponen en duda el derecho del aguinaldo, hay una cancha inclinada y hay un formidable proceso de ajuste salarial. 

Prácticamente nadie, salvo algunos gremios importantes, están discutiendo paritarias y, por supuesto, no es que no hay inflación. Basta aprovechar el permiso para salir un rato durante el día y ver que los precios aumentan, sobre todo en los alimentos, donde los sectores de menores recursos destinan la mayor parte de sus ingresos. Hay un formidable proceso de ajuste que va paralelo a esos datos de destrucción de empleo, al aumento de la pobreza y a la precariedad laboral. 

¿Qué sucede además? No hay dinero en la calle. Algo que ya veíamos en los últimos años de Macri, sin pandemia: en Argentina no hay plata para consumir. Las grandes empresas, que tienen plata, deciden no destinarla a inversión. Tampoco hay crédito de los grandes bancos.

Un estudio del economista Horacio Rovelli dice que, a mayo de 2020, el total de créditos concedidos por el conjunto de los bancos — el conjunto del sistema financiero local— al sector privado fue del 11,35% del PBI. Es decir, con toda la presión del gobierno, con todo el reclamo Alberto Fernández para que los bancos presten, los bancos prestaron 11,35% en relación al PBI. Es una cifra muy inferior si se la compara con obviamente los países del primer mundo, pero también si se la compara con la región.

Otro estudio, de Quantum Finanzas, la consultora de Daniel Marx, muestra que Argentina está última entre los países de la región. Cuando se trata de crédito bancario, Argentina está no solo muy lejos del primer mundo, sino lejos de lo que pasa en Uruguay, Brasil Chile, Perú, entre otros. ¿Por qué no prestan los bancos en la Argentina? Una pregunta para la que no aparecen las respuestas. O por lo menos, no aparece la respuesta de Miguel Pesce, el titular del Banco Central. 

La conclusión, dice Rovelli, es obvia: sube sin parar el precio del dólar marginal y la gran mayoría de las empresas no venden y no tienen créditos para financiar stocks y poder pagar los salarios a los trabajadores. Es decir, la plata de los bancos no va al crédito productivo —lo que el gobierno sabe— y, sin embargo, suben las distintas formas del dólar paralelo. Rovelli propone obligar a los bancos a prestar a las empresas de acuerdo a la nómina salarial del año pasado, antes de la pandemia, y propone un viejo proyecto que es crear un Banco Nacional de Desarrollo como el que tuvo la Argentina y actualmente tienen Brasil y otros países. ¿El gobierno tiene pensado algo así? ¿O no quiere afectar la rentabilidad de los bancos? Es una discusión que se está dando hacia el interior. Por supuesto, sectores minoritarios. No es una discusión, me parece, que se esté dando en este momento al nivel más alto del Gobierno. 

Por eso es un escenario paradójico el que estamos atravesando a la salida de la cuarentena y no siempre una crisis es una oportunidad. Quizás se está dejando pasar una oportunidad en este momento.

Otro economista, que se llama Martín Hourest, de la CTA, escribió un texto titulado “Que el abrazo no ahogue” y dice que hoy la inseguridad y precariedad laboral, “ponen al capital en la capacidad de meter miedo al conjunto”. Es viejísimo pero, a medida que aumenta el desempleo, la desocupación y la precariedad laboral, también crece el miedo. ¿Sirve —se pregunta Hourest— salvar a la economía con sus estructuras de ganadores y perdedores?

¿Sirve salvar a la economía tal y como la conocíamos antes de la pandemia? ¿Sirve hacer un salvataje tan amplio sin discutir esa estructura? Todos, desde los movimientos sociales hasta sectores de la oposición, el Gobierno, la Iglesia y hasta los empresarios, coinciden en que tiene que haber más Estado. La pregunta que no está clara, que siempre repetimos en este espacio, es quién va a aportar para que exista un Estado más presente, capaz de auxiliar a los sectores que se están cayendo hace rato. 

Dice Hourest que si la vía de salida la administran los que crearon la crisis o fueron incapaces de gestionarla para el bien común, la salida no va a ser tal. Si la salida la administran los que nos llevaron a la crisis, va a ser difícil encontrar la luz al final del túnel. Para Hourest, si el Gobierno decide salir de la crisis con la misma estructura, con más desigualdad, con más pobreza y sin el aporte que ganaron mucho durante el gobierno de Macri, eso sería lo mismo que “esperar el turno en el crematorio”.

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