Fuera de Tiempo con Roberto Feletti

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Roberto Feletti, ex viceministro de Economía de la Nación y actual secretario administrativo del Senado bonaerense, conversó telefónicamente con Diego Genoud para Fuera de Tiempo sobre la crisis económica que se desató a nivel global a raíz de la pandemia de coronavirus, su impacto en la Argentina que gobierna Alberto Fernández y las oportunidades que se le presentan al Gobierno respecto de la negociación de la deuda externa.

“La mutación general”. Editorial del 22/3/2020 en Radio del Plata.

La Tierra ha alcanzado un grado de irritación extremo, y el cuerpo colectivo de la sociedad padece desde hace tiempo un estado de stress intolerable: la enfermedad se manifiesta en este punto, modestamente letal, pero devastadora en el plano social y psíquico, como una reacción de autodefensa de la Tierra y del cuerpo planetario. Para las personas más jóvenes, es solo una gripe fastidiosa.
Lo que provoca pánico es que el virus escapa a nuestro saber: no lo conoce la medicina, no lo conoce el sistema inmunitario. Y lo ignoto de repente detiene la máquina.
Pero el efecto del virus no es tanto el número de personas que debilita o el pequeñísimo número de personas que mata. El efecto del virus radica en la parálisis relacional que propaga. Hace tiempo que la economía mundial ha concluido su parábola expansiva, pero no conseguíamos aceptar la idea del estancamiento como un nuevo régimen de largo plazo. Ahora el virus semiótico nos está ayudando a la transición hacia la inmovilidad.
¿Cómo reacciona el organismo colectivo, el cuerpo planetario, la mente hiperconectada sometida durante tres décadas a la tensión ininterrumpida de la competencia y de la hiperestimulación nerviosa, a la guerra por la supervivencia, a la soledad metropolitana y a la tristeza, incapaz de liberarse de la resaca que roba la vida y la transforma en estrés permanente, como un drogadicto que nunca consigue alcanzar a la heroína que sin embargo baila ante sus ojos, sometido a la humillación de la desigualdad y de la impotencia?
En la segunda mitad de 2019, el cuerpo planetario entró en convulsión. De Santiago a Barcelona, de París a Hong Kong, de Quito a Beirut, multitudes de muy jóvenes salieron a la calle, por millones, rabiosamente. La revuelta no tenía objetivos específicos, o más bien tenía objetivos contradictorios. El cuerpo planetario estaba preso de espasmos que la mente no sabía guiar. La fiebre creció hasta el final del año Diecinueve.
Pero he aquí la sorpresa, el giro, lo imprevisto que frustra cualquier discurso sobre lo inevitable. Lo imprevisto que hemos estado esperando: la implosión. El organismo sobreexcitado del género humano, después de décadas de aceleración y de frenesí, después de algunos meses de convulsiones sin perspectivas, encerrado en un túnel lleno de rabia, de gritos y de humo, finalmente se ve afectado por el colapso: se difunde una gerontomaquia que mata principalmente a los octogenarios, pero bloquea, pieza por pieza, la máquina global de la excitación, del frenesí, del crecimiento, de la economía…
La recesión económica que se está preparando podrá matarnos, podrá provocar conflictos violentos, podrá desencadenar epidemias de racismo y de guerra. Es bueno saberlo. No estamos preparados culturalmente para pensar el estancamiento como condición de largo plazo, no estamos preparados para pensar la frugalidad, el compartir. No estamos preparados para disociar el placer del consumo.
En el cadáver del Capital estábamos obligados a la sobreestimulación, a la aceleración constante, a la competencia generalizada y a la sobreexplotación con salarios decrecientes. Ahora el virus desinfla la burbuja de la aceleración.
Hace tiempo que el capitalismo se encontraba en un estado de estancamiento irremediable. Pero seguía fustigando a los animales de carga que somos, para obligarnos a seguir corriendo, aunque el crecimiento se había convertido en un espejismo triste e imposible.
Por primera vez, la crisis no proviene de factores financieros y ni siquiera de factores estrictamente económicos, del juego de la oferta y la demanda. La crisis proviene del cuerpo.
Es el cuerpo el que ha decidido bajar el ritmo. La desmovilización general del coronavirus es un síntoma del estancamiento, incluso antes de ser una causa del mismo”

  • Desde Bolonia, desde la Italia de la catástrofe, el filosofo Franco “Bifo” Berardi escribió esta “Crónica de la psicodeflación”, que muestra lo que está pasando a nivel global a partir de la pandemia y que no sabemos hasta dónde puede llegar. 
  • Hay cambios en todos los planos: en lo que estamos viendo en la Argentina y también en otros países. Cambios en los gobiernos que, como el de Alberto Fernández, encuentran una razón para legitimarse.
  • Fernández fue definido esta semana como el “comandante en la batalla”. Justamente por Mario Negri, opositor radical, antiperonista si los hay. Reconoció que la oposición —mayoritariamente— está apoyando al Presidente. 
  • El gobierno nacional encuentra en la pandemia un motivo para ponerse en funcionamiento con un norte claro y sin obstáculos. Algunos piensan que encontró el motivo para despertarse ante la emergencia. También para aglutinar a la oposición que, hasta ahora, le daba la espalda pese a la bomba de cortísimo plazo que le había dejado Mauricio Macri con la montaña del endeudamiento externo.
  • El Presidente decidió reforzar —hasta donde puede— el sistema de salud, que viene de años de ajuste. Fernández intenta descomprimir el Instituto Malbrán. Busca tener el hisopado disponible en otros lugares del país, abrir nuevos hospitales, recibir donaciones de China y conseguir la vacuna contra la pandemia.
  • Existe un sistema de salud, de hombres y mujeres, que están actuando de manera heroica contra el virus y son los que más se exponen, Porque muchas veces reciben salarios bajos, porque vienen de años y décadas de ser desconsiderados. 
  • La crisis también tiene contraindicaciones. Se proponen construir más hospitales pero hoy en la Argentina muchos no cubren las vacantes que tienen por los bajos salarios de trabajar en salud. Por ejemplo, en el Conurbano bonaerense. No hay postulantes para cubrir las vacantes en algunos hospitales argentinos. Así lo explica alguien que trabaja en el sistema de salud: los latinoamericanos a los que se les facilitaron los trámites de ciudadanía prefieren trabajar en una clínica de barrio, donde cobran en efectivo, antes que trabajar en una Unidad Primaria de Asistencia (UPA) como las que existen en la Provincia de Buenos Aires. 
  • Hay un cambio en los comportamientos sociales de dimensiones desconocidas. Se ordena una cuarentena total, un toque de queda, el repliegue sobre lo privado, el cierre de las fronteras. Se prohíben los abrazos, se denuncia a los que violan el aislamiento. Se frenó la circulación, cambió el trabajo, cambiaron las preocupaciones, las prioridades y los miedos. Una sociedad que toma medidas extremas y que ve el riesgo al lado suyo.
  • “Nadie sabe ni cómo ni cuándo termina esto”, decía alguien del Gobierno nacional. 
  • En la filmina que le mostró Alberto Fernández a los diputados de la oposición y a los gobernadores hay tres escenarios posibles que van desde lo catastrófico hasta uno donde la pandemia no logra alcanzar ese crecimiento geométrico que todos temen, en el que los infectados se duplican cada tres días. Si el coronavirus no logra ese crecimiento, se logra el objetivo que plantea el Presidente de “aplanar la curva”.
  • Hay pronósticos apocalípticos, como lo que decía Franco “Bifo” Berardi y algunos otros autores europeos. Puede haber, a partir de estas medidas, una sinergia entre las políticas de la extrema derecha y un sistema capitalista que se depura, que se saca de encima a los viejos y a los débiles, como en una película de ciencia ficción. El cierre de fronteras, el repliegue sobre lo privado, la denuncia al que viola la cuarentena pueden ser perfectamente compatibles con las políticas de la extrema derecha si no fuera porque Bolsonaro y Trump gobiernan y hacen agua. 
  • Otros son optimistas frente a este mismo escenario. Andrés Pulido, un amigo que vive en España, cerca de Málaga, hace 20 años, me decía: “Cuando la crisis pase, la gente va a salir a la calle a festejar, va a ganar los bares, va a protagonizar una fiesta y se va a abrazar por todo lo que no pudo en estos meses”.
  • A Argentina, la pandemia viene en avión. Es una crisis transportada a través de los sectores más pudientes de la sociedad: los funcionarios, los políticos, los futbolistas, la clase media del dólar solidario, los empresarios. Sin embargo, cuando se expande, cuando empieza a circular socialmente, ya no reconoce ni discrimina clases sociales. Todo lo contrario: el virus se disemina y pega más en los sectores que menos tienen. 
  • Así, el virus golpea más a los que no tienen posibilidad de elegir, a los que no pueden dejar de trabajar, a los que viven de las changas. En otra nota, publicada en El Salto Diario, Nuria Alabao, Ernest Cañada e Iván Murray reparan en la situación de los que menos tienen y hablan de “Una pandemia con sesgo de clase”, que afecta sobre todo a las cajeras y reponedores de supermercados, a los trabajadores de cuidados del hogar, de empresas logísticas, incluso a los call centers. Lo fundamental —decían los autores— es que estas personas puedan convivir con personas mayores o con algún tipo de inmunodeficiencia y no pueden decidir si trabajar o no, por lo que pueden poner en riesgo a sus allegados. 
  • Son trabajadores y trabajadoras que se ven expuestos a usar el transporte público tanto en el primer mundo como acá, en el tercer mundo. Se enfrentan a una opción de pura amargura: o perder su empleo o exponerse a mayores situaciones de riesgo. Eso le pasa al 40% de los argentinos que no están protegidos por la legislación laboral y que viven en la informalidad. 
  • Esto es lo que pone en entredicho este gran objetivo que tienen los gobiernos de primer mundo y que tiene Alberto Fernández en Argentina: el de bajar la curva de contagios. “Porque, al final, son las empresas las que deciden quién trabaja y en qué condiciones. Si no hay una regulación estatal fuerte, son las empresas las que dicen a quién le corresponde o no la licencia. Quién goza del sueldo y quién no. Quién tiene que trabajar, quién es suspendido o quién es despedido”.
  • Por eso también aparecen propuestas como la de una renta básica universal. Algunos creen que esto no sólo está provocando un cambio en los comportamientos y en los gobiernos, sino que también obliga a replantear el sistema capitalista tal cual hoy está estructurado. El sistema queda cuestionado y por eso vemos a un ministro de Economía ultra ortodoxo, como es Paulo Guedes en Brasil, inyectando 30 mil millones de dólares para que la economía reaccione, actuando contra su propia doctrina.
  • Con estos hechos, algunos piensan que el replanteo no será sólo en los comportamientos, no sólo en los gobiernos, que quizá tengan que invertir más en salud y dejar de lado el negocio privado. Sino también en un sistema en el que la salud es un negocio, donde la aceleración es la meta principal, donde la precariedad es la norma y donde la prioridad, lo único indiscutible, es la ganancia mucho antes que incluso la vida.

Foto del entrevistado en portada: Adrián Escandar